Anton Varga

El Vampiro — el que late a destiempo
1 · I

Te acompañó desde antes de que supieras lo que eras. Envejeció por los dos: el hocico blanco, el paso corto, los ojos que igual te buscaban primero. Una mañana no se levanta. Era el último testigo de tus primeros años y no podía contárselo a nadie. ¿Dónde lo entierras? Un Rostro muere: táchalo.

Csobán no era mío del todo: dormía de día en casa de Miklós Fenyes, que firmaba los papeles que yo no podía firmar a esa hora, y me esperaba de noche junto al portón con las orejas ya sordas. Murió en marzo del setenta y cuatro. Lo enterré en el patio del notario, contra el muro norte, donde la sombra dura hasta las once y yo podía sentarme un rato sin que me cobraran. Cavé con la pala del carbón porque la tierra todavía tenía escarcha adentro. Miklós miró desde la ventana con la pluma en la mano, ochenta y un años, y no bajó a ayudarme. En junio lo enterraron a él, cinco pasos más al norte. Ya nadie firmaba por mí de día.

El muro norte de Brassó, donde la sombra duraba hasta las once.

2 · I

El peligro viene en forma de semanas: una leva, una peste, una cacería que no puedes esquivar despierto. Así que aprendes a hundirte en el sueño a propósito, como quien se mete bajo el agua y cuenta. Preparas el escondite, la señal para despertar, la mentira para el regreso. ¿Cómo es el descenso? Escribe la Huella de ese momento.

Bajé en octubre del ochenta y ocho, con los tambores de la leva sonando valle del Olt arriba. La cripta de los Béldi llevaba cuarenta años sin visitas: telarañas con polvo antiguo, un jarrón con tallos secos, el apellido comido por el liquen. Puse el cofre bajo la nuca. Até un cordel a la reja, tirante como cuerda de laúd, para que el corte me despertara si alguien entraba. La mentira del regreso ya estaba escrita en el bolsillo: sobrino de mí mismo, llegado de Trieste, con letras de cambio en regla. Después conté hacia atrás desde trescientos, como quien se mete al río, y el frío de la piedra me fue subiendo por la espalda sin ninguna prisa.

Conté hacia atrás desde trescientos y no llegué a doscientos.

3 · I

Despiertas con hambre de aire y la boca llena de nombres a medias. El peligro pasó; el precio también se cobró. Buscas un recuerdo que dejaste ahí, del lado de abajo del sueño, y ya no está: solo el hueco tibio, con tu forma. ¿Cuándo notas exactamente lo que falta? Un Eco entero se te va: cédelo.

Desperté veintiún años después con la boca llena de nombres a medias. Lo noté en la aduana de Turnu, dando el falso: me salió perfecto, redondo, sin tropiezo. Y detrás no había otro. El verdadero se quedó abajo, en el hueco tibio con mi forma.

Dije el nombre falso sin esfuerzo. Detrás ya no había ninguno.

4 · II

Vuelves después de cincuenta años. La ciudad creció hacia arriba y hacia adentro; caminas por calles que recuerdas y las calles ya no están de acuerdo contigo. Solo los cimientos te reconocen: un umbral gastado, la curva del río. Te detienes donde antes hubo algo tuyo. ¿Qué había ahí, y qué hay ahora? Escribe la Huella de ese momento.

Volví a Brassó en el cincuenta y ocho. Buscaba el patio del notario y encontré una escuela de niñas: dos pisos de ladrillo nuevo, reja verde, un tilo que no era mío. El muro norte seguía en pie —lo reconocí por la mancha de salitre en forma de hoz— pero ahora era la pared del cobertizo de la leña. Debajo estaba Csobán y encima había cuatro cuerdas de haya apiladas hasta el alero. Me quedé de espaldas contra ese muro hasta que el sereno me preguntó si esperaba a alguien. Le dije que sí. Era cierto, aunque llevara cincuenta años de retraso.

Una mancha de salitre en forma de hoz: por eso reconocí el muro.

5 · II

Llega con las manos torpes y hambre de aprender, y decides enseñarle de verdad: el oficio entero, menos lo esencial. Aprende rápido. Pronto imita tus gestos, adivina lo que vas a decir, te mira cuando cree que no lo ves. ¿Qué le enseñas primero, y qué mentira sostiene todo lo demás? Dale nombre: crea ese Rostro mortal.

Dinu Pascu llegó con diecisiete años y las uñas comidas, sobrino de mi casera de la calle Șelari. Le enseñé primero a oír: la moneda buena cae y canta, la limada suena a piedra mojada. Después los pesos, el descuento de letras, los tres cambios del día. Lo aprendió todo en año y medio y empezó a corregirme el florín antes que yo. La mentira era simple y nunca la tocó: un mal del hígado que me obliga a la noche y a los cristales ahumados, y el señor Varga de antes era mi padre. A los dos años se peinaba como yo, con la raya al mismo lado. Eso no se lo enseñé.

Se peinaba como yo sin que nadie se lo hubiera dicho nunca.

6 · II

Compras la casa de empeño por el entrepiso que nadie sabe que existe, y te quedas por el negocio: nadie mira dos veces a un prestamista pálido que trabaja hasta tarde, y todo lo que la ciudad quiere olvidar pasa por tu mostrador con fecha y firma. Crea el Amarre fijo del entrepiso y el Don del oficio de empeñero.

Compré la casa de Lipscani en el setenta y uno por lo que no estaba en la escritura. Fue Dinu quien lo encontró midiendo el local: entre el techo del mostrador y el piso de arriba sobraban cuatro pasos por seis, sin ventana, con la entrada detrás del armario de los relojes. Cabíamos el cofre, una silla y yo. El negocio vino solo: nadie mira dos veces a un prestamista pálido que cierra tarde. Y en dos inviernos aprendí lo único que vale del oficio: no se tasa el objeto, se tasa la hora en que lo traen. Un reloj a las diez de la mañana vale el doble que el mismo reloj a las siete de la tarde.

Cuatro pasos por seis, sin ventana, detrás del armario de los relojes.

7 · II

Buscas la última esquina que quedaba de tu viejo mapa y encuentras andamios y polvo nuevo. Lo que guardabas de esta ciudad solo era cierto mientras la ciudad quisiera seguir siéndolo. Ya no quiere. ¿A quién le hablas en voz baja mientras te alejas por calles que no te conocen? Cede un Amarre en el camino.

En el ochenta y cuatro tiraron la manzana entera para abrir el bulevar. Yo tenía el cofre bajo el piso de la bodega de Gabroveni, donde había estado veintitrés años, y cuando llegué de noche solo quedaba un pozo de cimientos con agua sucia y una grúa de madera dormida encima. La tierra de mi tierra se fue en carretas, mezclada con cal y ladrillo roto, a rellenar un terraplén del ferrocarril hacia Chitila. Me quedó lo cosido en el forro del abrigo: cuatro saquitos del tamaño de un puño. Volví andando por calles rectas que no me conocían y me oí hablándole al perro en voz baja. Sordo estaba, y muerto hacía cien años. Era el único que se sabía el camino viejo.

Se fue en carretas, mezclada con cal, a un terraplén del ferrocarril.

8 · II

Hay un hombre que firma por ti de día desde hace treinta años: contratos, aduanas, entierros de tus nombres anteriores. Sabe lo suficiente y lo calla todo, con la lealtad de quien eligió no preguntar. Tú le llevas plumas nuevas; él te guarda las tardes que no puedes ver. Dale su nombre de una vez: crea ese Rostro mortal.

Aurel Stoica firma por mí desde el setenta y cinco; lo trajo el hijo de Dinu cuando su padre ya no podía con los libros. Procurador, sombrero duro, una tos de tabaco que se le oye antes que los pasos. Nunca preguntó por qué las citas son a las nueve de la noche ni por qué el retrato del abuelo tiene mi cara. Yo le llevo plumas: una Waterman cada Navidad. Él me guarda las tardes —subastas, aduanas, dos entierros con nombres míos—, treinta años de tardes que él vio y yo no.

Guardaba las plumas en el cajón, alineadas por el año en que se las di.

9 · II

Le pagas el retiro: la casa con jardín, los médicos, una renta que su nieta heredará. Él te lo agradece y a ti te suena a burla propia: le has comprado todo menos los años que gastó esperándote despierto. Una tarde te atreves a preguntarle si volvería a aceptar el puesto. ¿Qué te contesta? Escribe la Huella de su respuesta.

Le compré la casa de Sinaia con jardín y dos ciruelos, los médicos pagados por adelantado y una renta a nombre de su nieta Ilinca, que entonces tenía seis años y me tenía miedo. Aurel me lo agradeció de pie, con el sombrero en las manos, como si yo fuera un tribunal. Aquella tarde —la única en que lo vi de día, desde detrás de un visillo— quise por fin contarle cómo había sido mi primera noche, la del pulso que se atrasó, para que supiera de qué llevaba treinta años firmando. Abrí la boca y no había nada que sacar. Sé que ocurrió, como se sabe la fecha de una batalla ajena. Entonces le pregunté si volvería a aceptar el puesto. Dijo que sí sin pensarlo, y después, mirando los ciruelos, añadió que esta vez pediría las mañanas.

«Esta vez le pediría las mañanas», dijo, y se rió él solo.

10 · II

Abres cuentas que saben dormir: un banco en cada puerto, testamentos encadenados donde tú heredas de ti mismo bajo nombres sucesivos, un apoderado que al morir entrega las llaves al siguiente. El dinero aprende a esperarte como un buen criado: sin preguntas, con la lámpara encendida. Esa arquitectura de papel te sostiene y te sujeta: crea un Amarre.

Trieste, Hamburgo, Marsella, Galați: en cada puerto una cuenta que sabe dormir y un legajo que la despierta. Anton Varga lega a Andrei Vargha, que lega a Antal Vári, que lega a un sobrino de Trieste; cada apoderado entrega las llaves al siguiente ante notario y cobra por hacerlo. Le llamo la escalera. Sube ella sola y yo voy dentro, quieto, como el agua en un tubo.

La escalera de nombres: cada uno hereda del anterior, y todos soy yo.

11 · II

Te llaman una madrugada de invierno y llegas a tiempo, porque para eso sí hay tiempo. Él te pide que no finjas el latido esta vez: quiere despedirse de lo que eres, no del disfraz. Le sostienes la mano fría con tu mano más fría hasta que el cuarto queda con un solo silencio, el tuyo. Un Rostro muere: táchalo.

Hubo cuatro antes que ella en dos siglos; a la última la llamé Veta. Veta Munteanu me abrió la puerta de servicio del Colțea durante veintiséis inviernos, a la hora en que nadie pregunta nada. Me llamaron a las cuatro de una madrugada de enero con hielo en los rieles del tranvía y llegué a tiempo, porque para eso siempre hay tiempo. Me pidió que no fingiera el latido. Llevaba años oyéndomelo hacer —el pulgar contra la muñeca, la respiración cada tanto— y quería despedirse de lo que soy, no del disfraz. Le solté la mano un momento para dejar de mentir y se la volví a tomar. Después el cuarto se quedó con un silencio solo, y era el mío.

Me pidió que no fingiera el latido, y le hice caso.

12 · II

La peste entra a la ciudad y por una vez nadie nota tus horarios: todos viven a puerta cerrada, de luto, con las ventanas veladas. Podrías cruzar a mediodía las calles vacías, si el mediodía te quisiera. La coartada es perfecta y cobra en conocidos: la campana dobla y dobla, y una de esas veces dobla por alguien tuyo. Un Rostro muere: táchalo.

La gripe del dieciocho vació las calles a mediodía y me regaló una coartada que no me servía de nada. La campana dobló por Iosif Grün el nueve de noviembre. Treinta y un años tomándome medidas y ni una vez levantó la vista.

Sabía mis medidas de memoria y nunca me miró la cara.

13 · II

Te oyes contarla otra vez, la vieja anécdota, y a mitad de camino descubres que el final cambia según el público: uno heroico, uno cómico, uno triste. Los tres te suenan verdaderos. Los tres te suenan usados. ¿Cuál cuentas esta noche, y para gustar a quién? Escribe la Huella de la versión que eliges.

El duelo con el húsar, en el patio de la posada de Făgăraș. En casa de los Cantacuzino lo cuento heroico: le saqué el sable de la mano en tres tiempos. Con comerciantes lo cuento cómico: resbalé en el estiércol y gané por accidente. Con viudas lo cuento triste: era un muchacho, no supe parar a tiempo. Esta noche, para una mesa de ingenieros que se aburría, elegí el cómico. Se rieron fuerte y me sirvieron un vino que no bebí. Y mientras me oía, por debajo se fue otra cosa: el que me hizo esto tenía una razón y me la dijo esa noche, con la boca contra mi oreja. Ya no sé cuál era. Ni cómo se llamaba. La anécdota ocupó el sitio y se quedó a vivir.

Se rieron con lo del estiércol. Yo también me reí.

14 · II

Años después buscas el final verdadero y ya no está: lo cubriste con tus propias voces, capa sobre capa, hasta pintarlo entero. Te quedas con la versión que te deja mejor, y sabes exactamente lo que eso cuesta. Di en voz alta lo que sacrificas por salir bien en tu propio cuento. Borra una Huella de un Eco.

Fui a buscar el final verdadero y encontré tres capas de mi propia voz, ninguna abajo. Me quedé con el heroico, que es el que mejor me deja. La cuenta se la cobraron a otra cosa: había una carta mía, de cuando yo latía, doblada dentro de la biblia de una familia de Zărnești, y yo sabía el renglón que empezaba con «madre». Esta noche sé que hay carta y sé que hay biblia. El renglón lo pinté encima sin darme cuenta, con mi propia mano, para salir bien en mi propio cuento.

Sé que hay una carta. Ya no sé qué decía el renglón.

15 · II

Los saquitos rinden menos cada año, como toda moneda vieja, y el terreno exacto de tu nacimiento queda a un océano o a una guerra de distancia. Puedes emprender el viaje de reabasto — largo, caro, indigno y necesario: enciende dos Dones — o racionar lo que queda y aprender a dormir con hambre de suelo: el cuerpo aguanta, la memoria paga. Cede un Eco.

El terreno estaba a ochenta kilómetros y a un mundo entero. Colectivizaron el valle en el cincuenta y dos, pusieron una cooperativa encima de la casa de mi padre y un puesto de milicia en el paso; ir con mis papeles era regalarme. Así que racioné: media cuchara por sueño, y a dormir con hambre de suelo, que no es dolor sino un ardor sordo en los huesos largos, toda la noche, toda la década. El cuerpo aguantó. Se pagó por otro lado: la carta se fue entera, y la biblia, y el pueblo, y hasta la certeza de haberle escrito nunca a nadie. Amanezco sin deudas, que es la manera elegante de decir sin pruebas.

Media cuchara por sueño, y el ardor en los huesos largos.

16 · III

Decides que uno de tus milagros ya no merece cuerpo. No porque falle: porque su época se murió y sostenerlo te gasta. Lo repasas una última vez, entero, como quien dobla una bandera. Después lo dejas ir a propósito, como se dona un órgano. ¿Cuál eliges, y en qué gastas su último uso? Un Don se te apaga para siempre: cédelo.

El que apagué fue el de hablar. Sirvió doscientos años: una frase en el umbral, la cabeza ladeada, y la puerta cedía sola. Ya no hay umbral que dependa de una frase; hay ventanillas, números, formularios en tres copias. Lo gasté entero un martes de mayo del sesenta y ocho, en la oficina de pasaportes de la calle Nicolae Iorga, frente a un teniente que tenía la foto de su hijo bajo el vidrio del escritorio. Hablé cuarenta minutos. Ilinca Stoica y su hija salieron en agosto. Al volver a casa lo ensayé en el espejo y me salió voz de vendedor. Lo doblé como se dobla una bandera y lo dejé ir.

La foto del hijo bajo el vidrio: por ahí entré, la última vez.

17 · III

Entiendes el mundo nuevo un poco tarde y de lado, como un turista eterno en tu propia calle. Ya no aprendes el idioma del año: señalas, sonríes, dejas de más en el mostrador para que te perdonen. Hoy alguien te ayuda con una paciencia que te humilla y te salva en el mismo gesto. ¿Qué intentabas hacer? Escribe la Huella de esa escena.

Quería pagar la luz. La ventanilla ya no existe; hay una máquina que pide código de barras y tarjeta, y yo llevaba un papel doblado en cuatro y billetes. Una muchacha de uñas azules me lo resolvió en once segundos sin burlarse, explicándome despacio, como se le explica a un abuelo. Le di las gracias dos veces. Me acordé de la voz que tuve antes, la que abría puertas, y me alegré de que ya no estuviera para usarla con ella.

Once segundos. A mí me habría llevado la noche entera.

18 · III

Todavía cargas cosas que sirven para un mundo que cerró: llaves de puertas derribadas, papeles de un valor extinto, un aparato cuya música ya nadie sabe despertar. Hoy el peso te sobra. Vacías la bolsa sobre la mesa y decides qué sigue viajando contigo. ¿Qué dejas, y en qué manos? Cede un Amarre en el camino.

Sobre la mesa quedó todo junto: las llaves de la bodega de Gabroveni, que es un estacionamiento desde el noventa y cuatro; ochocientos lei del Reino con la cara del rey Carol; un gramófono de manivela sin agujas; el breviario de guardas raspadas y el sello de los Béldi. Guardé el breviario, que todavía sabe pesar en el bolsillo. El sello lo dejé en una casa de empeño de Mariahilfer Straße, con un tasador de treinta años que leyó el escudo al revés y me ofreció cuatrocientos euros por el oro. Se lo dejé en trescientos y no volví por él. Cerró el círculo: yo también me quedaba con lo que nadie iba a recoger.

Leyó el escudo al revés y me ofreció el precio del oro.

19 · III

Sin el Don, sus recuerdos quedan huérfanos: gestos escritos que tus manos ya no saben hacer. Releer esas líneas duele más que la renuncia misma. Eliges una y la dejas ir también, para que el corte quede limpio y la crónica no mienta. ¿Cuál tachas, y qué conservas a cambio? Borra una Huella de un Eco.

Taché la del teniente y la foto de su hijo. Era la mano del don, no la mía. Me quedé con el nombre del perro: Csobán. Eso lo digo yo solo, sin ayuda de nadie.

Csobán. Todavía lo digo bien.

20 · III

El milagro tiene horario comercial: embarcas al caer el sol en un continente y desciendes, aún de noche, en otro. Tu especie tardó siglos en cruzar el mar en cajas; ahora lo haces en butaca, con la tierra primera facturada en la bodega, tan cerca de ti como en aquel barco. Crea el Don del itinerario nocturno perfecto.

Otoño, Otopeni, embarque a las siete y cuarto; Montreal a las diez de la noche del mismo día, seis horas ganadas al oeste, el sol siempre atrás. Lo aprendí a leer como se leen las mareas: qué tramo, qué escala, cuántos minutos de margen en Fráncfort para que la conexión no me atrape en un amanecer, qué asiento queda lejos de la ventanilla del ala. Los saquitos viajaron abajo, en una caja de herramientas declarada como muestras minerales. Mi especie tardó siglos en cruzar el mar dentro de un cajón. Yo pedí pasillo.

Pedí pasillo. La tierra de mi tierra viajó como muestra mineral.

21 · III

Ya no te escondes: te dejas ver justo lo suficiente. El barrio te archiva donde archiva a sus inofensivos — el viejo raro de horarios imposibles, el de la casa que nadie visita. Ser su loco manso te protege mejor que cualquier cripta, y cuesta algo: la rareza hay que sostenerla, y se queda pegada. ¿Qué manía cultivas para ellos hasta que es tuya de verdad? La condición te marca: crea un Estigma.

Me hice el viejo raro de la calle Bélanger: el que barre la vereda a las tres de la mañana y le habla a los gatos. Lo de barrer explica el ruido y la hora. Contar los tablones en voz alta lo agregué para que sonara a manía inofensiva, y se me quedó pegado. Ahora cuento. Los escalones, las botellas del contenedor, los dientes de la gente cuando se ríe. Diecinueve tablones, siempre diecinueve, y si me pierdo empiezo otra vez. El señor Bertrand, del 6412, me dijo el otoño pasado que pase cuando quiera, que él nunca cierra. Lo dijo por lástima. Yo me quedé con la frase, que es lo único que necesito de alguien.

La cuenta empieza sola y hay que terminarla. Diecinueve, siempre diecinueve.

22 · III

Una desconocida ordena el álbum familiar en su pantalla y la máquina, servicial, agrupa las caras: la misma tuya, idéntica, en la boda de 1948, en la feria de 1983, al fondo de un bautizo del año pasado. Te ha escrito: «¿quién es este señor?». Puedes desmontar el archivo entero, foto por foto, servidor por servidor — enciende dos Dones — o mudarte de ciudad, de siglo y de costumbres de una sola vez: cede tu Amarre fijo.

El álbum de los Stoica, subido por la bisnieta de Ilinca: la boda del cuarenta y ocho, la feria de Sinaia del ochenta y tres, un bautizo del año pasado, y en las tres el mismo hombre al fondo con la misma cara. La máquina lo agrupó sola, servicial, y le puso número. Deshacerlo me llevó siete meses. Primero los papeles: qué estudio guardaba los negativos, qué fondo lo compró, en qué servidor de Utah dormía la copia y a nombre de quién. Eso lo hice con lo que aprendí llevando libros en tres cortes distintos, y se gastó: hoy sumo como cualquiera. Lo otro fue una sola noche, en un depósito de Longueuil, con un guardia que me vio venir y se me echó encima. La mano hizo lo único que sabía hacer: la distancia, el paso atrás, la muñeca. No le pasó nada. A mí se me acabó también esa destreza vieja, y no la extraño tanto.

Lo desarmé sin lastimarlo, y supe que era la última vez.

23 · III

Decides responderle otra cosa: que el hombre de las fotos es una tradición — un pariente que se les parece por generación, un juego del apellido. Ella no te cree del todo, y su incredulidad es curiosa, no hostil: empieza a escribirte cada semana. Crea ese Rostro mortal.

Le contesté que el hombre de las fotos es una costumbre de la casa: cada generación saca uno igual y se le dice el tío Anton. No me creyó del todo. Se llama Delia Stoica, tiene treinta y nueve años, enseña química en Laval y me escribe los martes. Me manda fotos sin fecha para que se las feche yo. Acierto siempre, y ella responde con tres signos de interrogación.

Tres signos de interrogación cada vez que acierto el año.

24 · III

Fue ganando terreno como el agua gana una bodega: sin escándalo, un dedo por década. Las reglas cayeron una a una — la del libro, la del umbral, la que juraste la primera noche — y hoy miras tus propias manos ejecutar la caza sin consultarte. La sed ya no te necesita para nada, y lo sabe. Lo que camine mañana con tu cuerpo cazará bien, dormirá seco, durará siglos. Solo que no serás tú. Escribe el último Pliego mientras la mano todavía obedece: a quién adviertes, qué encierras con llave, y cuál es la última cosa que haces por decisión propia.

A Delia le escribí en papel, para que llegue tarde y yo no pueda arrepentirme: no vengas, no me busques, deja de mandarme fotos. Después bajé al sótano y encerré lo que queda —el breviario, los saquitos, la caja de herramientas, esta libreta donde llevo la cuenta— y solté la llave por la rejilla del desagüe. La oí caer en agua. Ya no me acuerdo de mi madre, ni de la noche, ni del que me hizo, ni de para qué escribí aquella carta. Me acuerdo de un muro con salitre en forma de hoz y de un perro sordo esperándome en el portón. Con eso me voy. Voy a barrer hasta las tres, voy a contar los diecinueve tablones, y a las tres y diez me sentaré en el banco de enfrente del 6412, donde el señor Bertrand nunca cierra con llave y me sirve té los domingos, y no cruzaré la calle. Eso es lo último que hago yo. Lo que camine mañana con mi cuerpo va a cruzarla. Va a hacerlo bien, y no va a saber para qué.