Xóchitl Ramírez
Corres la noche con la otra piel puesta cuando alguien — sin saber lo que hace — dice tu nombre de bautizo completo. El nombre te alcanza como una pedrada: el cambio se traba, y algo queda torcido entre las dos pieles. Crea el Estigma de esa noche.
Nicanor venía de la feria de Amecameca con seis mulas y media botella adentro. Yo cruzaba el camino real ya con la otra piel puesta, y al hombre se le ocurrió saludar: gritó mi nombre entero, el del bautizo, los cuatro pedazos, como se le grita a una comadre en el mercado. Me pegó en el costado igual que una piedra. Me quedé a medio doblar: el hocico ya hecho y la mano izquierda todavía mano, los dedos duros, las uñas negras. Así se quedó. No cierro el puño ni apoyo bien esa pata. En el pueblo le dicen la mano dormida, y yo dejo que lo digan. Nicanor no volvió a nombrarme nunca, ni de día.
Mi nombre entero en la boca de un borracho, a mitad del camino real.
Tu madre barre donde nunca barre y encuentra el bulto. Desenvuelve la piel que no llevas puesta creyendo que escondes una mortaja — y en cierto modo no se equivoca. La ves desde la puerta, extendida entre sus manos como un hijo más, y ella levanta los ojos y te ve a ti. Nadie habla primero. ¿Qué lees en su cara: miedo, luto, o algo que sospecha desde tu nacimiento? Escribe la Huella de ese silencio.
Barrió detrás de la tinaja, donde no se barre nunca por el hormiguero, y ahí estaba el bulto. Cuando llegué a la puerta ya la tenía abierta entre las manos, del largo de un niño, oliendo a monte mojado. No gritó. Me buscó los ojos y luego me buscó la nuca, la costura que Petra me cosió la noche que nací. No era miedo, ni era luto. Era la cara de quien acaba una cuenta que llevaba dieciséis años sin cuadrar. Afuera, el perro de los Trejo no ladró en toda esa hora.
Mi madre sostenía la otra piel como se sostiene a un recién nacido.
Lo que ella decide, te decide. Si la quema, algo tuyo se hace humo; si la bendice, carga un peso que no le tocaba; si la guarda, tu mitad duerme desde hoy bajo su techo y su llave. Sea cual sea su elección, esa noche entiendes que ya no todo lo tuyo te pertenece. Algo que guardabas deja de ser tuyo: cede un Amarre.
No la quemó. La dobló otra vez, despacio, como se dobla ropa de muerto, y antes de cerrar el petate metió adentro su cruz de palma, la de Amecameca, la que traía al cuello desde antes de mí. Luego me lo dio sin mirarme: «Guárdala tú. Yo sé dónde está.» Desde esa noche, cada vez que desdoblo, aparto la cruz con un palito de ocote y la vuelvo a acomodar cuando termino. No la toco. Es de ella y es una tranca, las dos cosas al mismo tiempo. Mi mitad duerme bajo llave, aunque la llave sea mía.
Aparto la cruz de mi madre con un palito, cada vez.
Nadie te advirtió, o no escuchaste. Una noche tratas a la sal cruzada en el umbral como se trata un rumor — y el rumor era cierto. Sobrevives, pero algo tuyo queda distinto para siempre, a la vista de quien sepa mirar. Crea el Estigma de tu primer error.
Al niño de Casimira lo olí desde el corral: el pecho podrido, dos días de vida si acaso. Entré por el hueco de la puerta pensando en el niño y no en el suelo. Alguien había cruzado dos rayas de sal gorda. El aire se me hizo vidrio, la boca se me abrió sola, y salí de ahí arrastrándome, sin piel y sin nombre, hasta la pila del corral. Me quedó una raya blanca de comisura a comisura, como salitre seco. En el pueblo dicen que me caí contra el comal. Desde entonces nada me sabe.
Dos rayas de sal gorda, y el sabor que nunca volvió.
Cada año el pueblo celebra, y cada año eliges: mezclarte entre las antorchas y las canciones, arriesgando una mirada que se detenga de más, o faltar otra vez y dejar que tu ausencia se vuelva conversación. Este año decides distinto que los anteriores. ¿Qué haces, y qué estuvo a punto de salir mal? Escribe la Huella de esa fiesta.
Este año no me escondí. Fiesta de San Mateo, veintiuno de septiembre, castillo de los Bonilla y mole hasta en el atrio. Bailé un jarabe entero con Fermín, el que curte pieles, que me dijo que yo olía a lluvia y luego se rió de su propio atrevimiento. Casi me cuesta caro: habían regado sal en el enlosado para correr las hormigas de las cazuelas, y yo iba a pisarla descalza cuando Petra me agarró del codo y me llevó a bailar del otro lado, sin decir nada, con esa fuerza de partera que tiene. Volví contenta, con las trenzas oliendo a cohete. Ya de madrugada, Petra me preguntó si me acordaba de cuando hilaba con su hermana. Dije que sí, por no quedarme callada. Estuve hasta el amanecer buscando a esa muchacha adentro de mí. Ni el hilo, ni la hermana, ni yo.
Dije que sí me acordaba, por no quedarme callada frente a Petra.
Primero fueron las estacas con listones, luego los hombres con teodolitos, luego el tajo: el ferrocarril parte en dos el monte que corrías de un aliento. Tu ruta más vieja muere bajo el durmiente. Cede ese Amarre — y crea el Don de cruzar el hierro: aprender sus horarios, sus vagones, sus sombras nuevas.
Primero pusieron estacas con listones colorados; los niños se los robaban para las trenzas. Luego vinieron los del teodolito, que no saludan. Luego el tajo. Mi vereda vieja —la de la boca del cerro a los ahuehuetes de la cañada, que yo corría de un aliento— quedó abajo de los durmientes, con todo y el paso de agua. Bajé la última noche, antes del balasto, y dejé ahí la obsidiana de mi abuelo, en el fondo: las cosas hay que dejarlas donde ya no hay a quién dárselas. Y me puse a aprender el fierro como se aprende un rezo. El mixto de las nueve. El carguero de las tres y cuarto, que sube despacio en el kilómetro 74. El estribo del último furgón, el brinco antes del puente.
Dejé la obsidiana bajo el balasto, sin decírselo a nadie.
En la estación de tablas trabaja alguien que hace guardia de noche y ha aprendido a no anotar todo lo que ve cruzar las vías. Deja la puerta del furgón sin candado ciertas noches, por miedo o por respeto. Crea ese Rostro mortal.
Elpidio Rosas, velador de la estación de tablas. Cuelga el farol mirando al otro lado y tose dos veces antes de dar la vuelta al andén; eso quiere decir ahora. Nunca ha dicho nada, ni a su mujer. Una vez, nomás una, dejó junto al furgón un jarro de café con piloncillo y se fue. Estaba tibio. No sé si era para mí o para él, y no se lo pienso preguntar.
Elpidio tosía dos veces antes de dar la vuelta al andén.
Despiertas del sueño largo y la habitación te desmiente: el polvo tiene caminos, la silla mira hacia otra parte, tu escondite respira distinto. Alguien estuvo aquí mientras no eras nadie. No forzó nada; sabía entrar. Lo peor no es lo movido, sino calcular cuánto tiempo te miró dormir. ¿Qué señal dejó — sin querer, o queriendo? Escribe la Huella de esa visita.
Duermo meses seguidos cuando duermo. Desperté en el fondo del cerro y el lugar me desmintió: el polvo tenía caminos, la silla miraba a la puerta, el aire de adentro olía a tabaco frío. No forzaron nada. El que entró sabía entrar. Y lo peor no fue eso: la piel estaba doblada con la esquina metida hacia dentro, como la doblaba mi madre y como no la doblo yo. Me pasé el día calculando cuánto tiempo me habría visto dormir. Esa misma mañana quise decirme en voz baja el nombre de la otra —para calmarme, como quien cuenta el dinero— y no estaba la palabra. Sé bajar, sé correr, sé qué huele a qué. La palabra no.
Alguien dobló mi piel con la esquina metida, como mi madre.
Esta vez no hay antorchas. Esta gente no grita: anota. Han cruzado registros, fechas, testimonios, y en el fondo de sus archivos hay un patrón con tu forma. Todavía no tienen tu cara, pero tienen tus costumbres. Necesitas romper el patrón sin dejar otro. ¿Cómo se desaparece de un papel? Enciende un Don para lograrlo.
No traían antorchas. Traían libretas y el padrón de la jefatura, y habían cruzado bautizos con defunciones y con listas de raya, y en el fondo de todo eso había un dibujo con mi forma: una mujer que aparece cada tantos años en el mismo curato y nunca en los entierros. No borré nada; borrar deja hueco. Me multipliqué. Corrí seis noches seguidas sin sentarme —Chalco, Tláhuac, Amecameca, Tlalmanalco— y en cada libro me morí con otra letra y otro año, tres veces, con tinta de tres colores. El patrón se rompió. Las piernas no me volvieron: desde entonces la noche entera me queda grande, corro un tramo y me siento a esperar el amanecer como cualquiera.
Me morí tres veces en tres libros, con tres letras distintas.
Tu tona envejece, porque las tonas envejecen aunque tú no. Lo notas en cómo dosifica las cuestas, en la escarcha del hocico, en que ahora te espera sentada en el lindero en vez de salirte al paso. Corres más despacio para no dejarla atrás y ella finge no darse cuenta. ¿Qué le debes, y cómo se paga una deuda entre cuerpos que comparten alma? Escribe la Huella de esa cortesía.
Ya no me sale al paso. Me espera sentada en el lindero de los magueyes, con escarcha en el hocico, midiendo las cuestas como quien cuenta centavos. Yo corro más despacio y ella hace como que no se da cuenta; ésa es toda nuestra conversación. Anoche le llevé una gallina de los Bonilla y se la puse enfrente, y las dos fingimos que la había cazado ella. Le pregunté, hablándole como se le habla a lo que ladra, quién nos había enseñado a doblarnos. Movió la cola. Yo tampoco supe.
Le llevé una gallina y fingimos las dos que la había cazado.
Levantan el templo nuevo con las piedras del viejo, y una de esas piedras era tuya: tu cerro, tu cueva, tu cruce de veredas queda debajo de un atrio con campanas. No puedes reclamar lo que oficialmente nunca fue de nadie. Cede tu Amarre fijo.
Tumbaron la capilla vieja y con sus mismas piedras levantaron la parroquia nueva, más alta, con dos campanas. Para el cimiento del atrio se llevaron la piedra de la boca del cerro, y con la piedra se fue lo demás: mi cueva, mi cruce de veredas, el petate que ahí estaba con la cruz de mi madre adentro. Fui a verlos rellenar y no dije nada; no hay a quién reclamarle lo que nunca fue de nadie en ningún papel. Ahora cargo la piel enrollada en un costal de manta, entre la ropa, y duermo en la casita del guardavía del kilómetro 74, que quedó vacía cuando quitaron el puesto. A mi madre le tocó ser cimiento.
Mi cerro debajo de un atrio, y campanas encima a las seis.
Empiezas a escribirle a alguien que todavía no existe: el nieto de un amigo, la heredera de una casa, quien abra cierto cajón dentro de cien años. Le cuentas lo que a nadie vivo puedes contarle. Carta a carta, sin querer, lo vas inventando: una voz, una paciencia, una pregunta. ¿Quién esperas que sea? Dale nombre: crea ese Rostro mortal.
Le escribo a alguien que no ha nacido. Empecé en los talones de carga que sobran en la estación, con lápiz tinta, y ya llevo un bulto amarrado con mecate. Le cuento lo que no puedo contarle a nadie que respire: lo de la sal, lo de mi mano, lo que se siente despertar y que el polvo tenga caminos. A Rufina, que de niña me dibujaba con carbón en el patio y siempre me sacaba cuatro patas, la enterramos vieja el año del cometa; a los que quedan ya no les puedo contar nada. Así que de tanto escribirle la fui haciendo: paciente, mal hablada, con la letra grande, y me contesta con preguntas necias. Le puse Aurelia, como la mula más terca de Nicanor, que era la única que llegaba.
Le puse Aurelia por una mula terca que ya nadie recuerda.
Empiezas a tratar el futuro como despensa: dinero enterrado bajo señas que solo tú entiendes, llaves con instrucciones atadas, cartas dirigidas a quien serás dentro de décadas. Hoy siembras la primera pieza de la red. ¿Qué escondes, y qué te escribes en la nota? Ese tesoro paciente te ata: crea un Amarre.
Hoy sembré la primera. Un bote de manteca La Reina, sellado con cera: once pesos de plata, una escritura vieja y la llave del cuarto de Tláhuac. Va bajo la tercera piedra de la vereda del venado, contando desde el ojo de agua. Adentro dejé un papel doblado en cuatro: «Si estás leyendo esto, ya no te acuerdas de mí. Cuenta tres piedras y sigue.» Lo firmé con la mano dormida, que es la única firma que no puedo perder. A esto, para mis adentros, le digo la siembra.
«Si lees esto, ya no te acuerdas de mí.» Lo firmé yo.
Te oyes contarla otra vez, la vieja anécdota, y a mitad de camino descubres que el final cambia según el público: uno heroico, uno cómico, uno triste. Los tres te suenan verdaderos. Los tres te suenan usados. ¿Cuál cuentas esta noche, y para gustar a quién? Escribe la Huella de la versión que eliges.
La conté otra vez, la de mi primera noche. A los arrieros se las cuento heroica y se ríen y me convidan pulque; a los niños, chistosa, con el perro y el charco; a la viuda de Elpidio se la conté triste, que es como le gustan las cosas desde que enviudó, y lloró y me dio de cenar frijoles con epazote. Las tres suenan verdad. Las tres suenan usadas, como moneda de tanto pasar de mano. Esta noche escogí la triste. Después quise revisarla contra lo que de veras pasó aquella primera noche, y no encontré contra qué.
Tres finales verdaderos, todos gastados, ninguno el mío.
Te enteras por casualidad: el objeto que te definía — el arcón, el retrato, el arma — cambió de manos y viaja a su destino final. Lo sigues como se sigue un cortejo. En el mostrador, en la vitrina, en el borde del vertedero, le dices adiós con una mentira que suena a verdad: «era de mi abuelo». ¿Cuál es su destino? Ese Amarre fijo ya no es tuyo: cédelo.
El arcón de tapa curva lo vendieron los Rosas cuando murió el último. Lo seguí como se sigue un cortejo: de la casa a una bodega, de la bodega a una tienda de Donceles. «Era de mi abuelo», dije en el mostrador, y la muchacha ni levantó la vista. Lo compró un restorán de Coyoacán. Está barnizado, con un helecho encima y un candado falso clavado. Las cartas ya no venían adentro.
«Era de mi abuelo», y la muchacha ni levantó la vista.
Alguien necesita tu último escondite más que tú: un fugitivo, una familia con frío, un animal que ya no caza. Les enseñas dónde cruje el suelo, dónde guardas lo que sirve, cómo se cierra desde dentro. Te vas sin mirar atrás, porque mirar atrás es quedarse. ¿Qué les dejas sin explicar? El refugio sigue sirviendo, pero ya no a ti: cede ese Amarre.
La casa del guardavía me duró cuarenta años y ya no la necesito tanto como la Chana Zúñiga con sus dos niños en enero. Les enseñé dónde cruje el suelo, cuál tabla se levanta, cómo se atranca por dentro con el fierro del tren. Les dejé los cerillos, la cobija buena y el bote de sal lleno hasta el borde en la repisa de arriba, y no expliqué por qué está lleno si yo nunca cociné ahí. Me fui de día, con el costal al hombro, sin voltear. Voltear es quedarse.
Les dejé el bote de sal lleno y no expliqué nada.
Alguien te toma del brazo en la calle y te llama por un nombre que no es tuyo: el de su padre, su abuela, su amor muerto. Podrías corregirla. En vez de eso le sigues la corriente una tarde entera — el paseo, la merienda, las preguntas de siempre. Los dos saben. Ninguno lo dice. ¿Qué le das que el muerto nunca pudo darle? Dale su nombre verdadero: crea ese Rostro mortal.
Me agarró del brazo afuera del mercado de Jamaica: chiquita, noventa años, las uñas pintadas de rosa. Me dijo Soledad. Me preguntó dónde me había metido tanto tiempo. Le seguí la tarde entera: pan de nata, una banca al sol, la boda del 26 que en realidad fue del 24 y que le di por buena once veces. Amparo Nájera se llama. La hermana lleva sesenta años muerta. Lo que le di no fue consuelo, fue tiempo: no tener prisa, no corregirla, dejarla ganar la conversación. A las seis me soltó el brazo y dijo: «Ya vete, que se hace noche.»
Me llamó Soledad once veces y once veces contesté que sí.
Todavía hay uno que te busca. El último cazador es viejo de oficio como tú de años; heredó tu expediente como se hereda una deuda. Hoy se acerca demasiado — más por costumbre tuya que por astucia suya — y decides regalarle una pista falsa hermosa, digna de sus décadas. ¿Adónde lo mandas? Enciende un Don para tejer el engaño.
Rutilio Cárdenas heredó de su padre una carpeta con mi nombre mal escrito. Hoy se acercó demasiado, no por listo: yo llevo dos siglos bajando por el mismo lado del arroyo. Lo olí en el mostrador de la tienda. Moneda vieja, hueso mojado. Le quedaba un año y me callé. Le dejé, a cambio, una pista digna de sus décadas: rastro hacia la sierra de Hidalgo, un pueblo con perros enfermos y dos mujeres que se turnan la misma cara. Se fue el jueves, contento. Nunca volví a oler la enfermedad de nadie. Ni la mía.
Olía a moneda vieja: le quedaba un año, y me callé.
Al monte le ponen nombre nuevo, letrero verde y horario: reserva, dicen, protegida. Tu casa tiene ahora taquilla y cierra a las seis. Los guardaparques encuentran lo que ningún perro encontró en dos siglos — un escondite, un altar, una vereda tuya — y lo catalogan, lo cercan, lo vuelven exhibición con placa. Cede ese Amarre en el camino.
Ahora es reserva. Letrero verde, taquilla, cierra a las seis. Los guardaparques encontraron lo que ningún perro halló en dos siglos: la tercera piedra, el bote, la cera intacta. Está en el centro de visitantes, en vitrina, con su cartelito: «Depósito votivo, siglo XIX.» Debajo, mi papel, mi letra, con traducción al inglés. Nadie contó las piedras. Nadie preguntó a quién le hablaba.
Mi letra en una vitrina, con traducción al inglés abajo.
Había una regla que te mantuvo vivo todos estos siglos — la que aprendiste primero, la de tu debilidad —la sal cruzada en el umbral—. Un día notas que ya no recuerdas cómo la aprendiste: la escena de la lección se fue, y sin escena la regla es solo una frase floja. La repites sin fe, como un rezo heredado. ¿Qué queda de aquel día terrible? Borra una Huella de un Eco.
La regla sigue: sal cruzada, no cruces. La repito como rezo heredado, sin saber de quién la heredé. Hubo una puerta y hubo un día terrible. Ya no hay puerta. Queda la raya blanca en la boca y que nada me sabe.
Queda la raya blanca; ya no queda la puerta.
Buscas un recuerdo y encuentras el sitio barrido donde estuvo. Esperas el dolor de siempre — y no llega. Te palpas por dentro como quien busca una muela arrancada: nada. Eso, que no duela, es lo que te hiela. ¿Cómo sabes qué había ahí, si ya no queda ni la falta? Un Eco entero se te va: cédelo.
Fui a buscarla como se va al ropero: mi madre en el rincón de la tinaja, con algo doblado entre las manos. Sé que pasó. Sé que hubo una mujer. La cara no está, y el lugar de la cara está barrido, limpio, sin siquiera el polvo del hueco. Me palpé por dentro esperando el tirón de siempre, el de la muela arrancada. Nada. Eso fue lo que me heló: que no dolió.
Busqué la cara de mi madre y hallé el piso barrido.
Pasas de lejos, años después, solo para saber. Hay humo en la chimenea, ropa tendida, una luz que alguien enciende sin miedo. El escondite aprendió otros pasos, otras cenas, otro modo de callar. Nada ahí te recuerda, y eso, descubres, era el regalo. ¿Qué ves por la ventana que te basta? Escribe la Huella de ese momento.
Pasé de lejos, en marzo, nomás por saber. Humo en la chimenea. Ropa de niño tendida en el alambre del guardavía. Una luz que alguien prendió a las siete sin asomarse a ver quién anda afuera. Y en la repisa de arriba, por la ventana, el bote de sal a medio usar, con una cuchara adentro. Lo bajaron para la sopa. Se les olvidó para qué se los dejé. Eso era el regalo.
Ropa de niño tendida en el alambre del guardavía.
Un año descubres tu cara en la fiesta: un muchacho baila con máscara de tu animal, y los viejos corrigen sus pasos — así no, así corría. Tienen razón. Te has vuelto danza, advertencia para que los niños vuelvan antes de la noche. Decides no desmentirlos: al contrario. Cada año afinas la leyenda, dejas una huella fresca la víspera, un aullido a la hora exacta. Y una noche entras al cuento del todo, como quien entra al agua, y ya no sales. En el folclor no se envejece y nadie muere. Escribe tu último pliego: cuenta tu leyenda como la contará el pueblo, con todo y sus mentiras más hermosas.
Dicen que en San Mateo hubo una mujer de la mano dormida que colgaba su nombre detrás de la puerta para poder salir. Dicen que no mataba: que se metía a las casas donde alguien dormía a gusto y se llevaba tantito de ese calor, y que por eso aquí uno amanece con frío y con suerte. Dicen que dos rayas de sal en el umbral la paran en seco, y todavía hay quien las cruza la víspera. Dicen que corría de la boca del cerro a los ahuehuetes de un solo aliento, y en eso no mienten. El muchacho de la máscara baila mal a propósito, porque le gusta que los viejos lo corrijan: así no, así corría. Yo dejo la huella fresca en el lodo la noche antes. Yo aúllo a las once en punto, arriba, donde no llega la taquilla. Ya nadie sabe mi nombre de bautizo. Ni yo. Por eso, por primera vez, la noche entera es mía.
Epílogo
Esto lo escribí mientras todavía había a quién escribirle. La letra grande es de Aurelia, que nunca existió; la chueca es la mía. Si alguien abre este cajón: no me busquen en el monte, que tiene horario. Búsquenme el veinte de septiembre, a las once, en el ruido que hacen los niños cuando corren para llegar antes de que oscurezca.